Este texto es un comentario al artículo del destacado escritor y editor José Fernández Pequeño, que puede leerse en http://www.palabrasdelquenoesta.blogspot.com/

Estimado José, como director de una editorial “de autor” que ha publicado más de 300 libros en seis años, te doy la razón respecto la necesidad del editor para mejorar la obra de un escritor. Es un oficio indispensable para lograr un producto logrado. Gracias por tu artículo y permíteme hacer unos comentarios.

La tecnología ha abaratado tanto la publicación de un libro, que una persona por ego, sin tener la preparación profesional para ello, y a veces sin siquiera talento o vocación, puede publicar un libro con unos cuantos dólares. Lo escribe, lo publica, vende unas decenas de ejemplares entre amigos y familiares y quedan satisfecho porque ya es autor, y frustrado porque su libro no tuvo resonancia, y claro, la culpa es por falta de promoción. Sin embargo, está en su derecho de ejercer esa nueva libertad que antes no era posible. A veces no se escribe por ego, sino por afición, por hobby. ¿Quién se atreve a decirle a quien le gusta jugar a la pelota con sus amigos que no lo haga porque nunca llegará a las grandes ligas? He tenido muchos clientes de avanzada edad que poseen un tesoro personal: un cuaderno de poesías, alimentado durante toda su vida, con menor o mayor acierto literario. En un gesto de amor, un hijo le regala la publicación. ¿Por qué no? Otros han sido testigos de hechos extraordinarios que quieren dejar documentados, pero ni son escritores ni pueden pagar un ghostwriter ni un editor. Como el caso de aquella foto de oportunidad, de pésima calidad, que le da la vuelta al mundo,a aunque fue tirada por cualquiera con una camarita de cajón. La humanidad agradece esos testimonios. Todas esas personas suman ejércitos, como lo prueba la increíble expansión del negocio de selfpublishing en los Estados Unidos. Si tuviéramos el poder de echarlo abajo, ¿lo haríamos?, ¿tendríamos el derecho a ello?

Un talentoso escritor amigo se queja de que su obra está sepultada entre montañas de bodrios, como tú le llamas. Estoy por creer que la misma tecnología que ha permitido este desarrollo, va a ayudar a poner a cada uno en su lugar. ¿Cómo? Dando la posibilidad de que las personas expresen públicamente sus comentarios, algo imposible hace algunos años. Están surgiendo para ello plataformas como GoodReads. Antes también se votaba, pero solamente comprando o no comprando lo que filtraban las editoriales. Ahora, además, cada lector tiene un altoparlante de alcance global y está aprendiendo a usarlo

Cualquiera puede hacer en estos momentos un vídeo y colgarlo en YouTube. Pero eso no va a echar abajo la industria del cine. Todos los músicos aficionados pueden editar su música en un estudio casero y circularla, por la misma razón de abaratamiento de la tecnología,  pero eso no va a evitar que los músicos talentosos triunfen.

Ahora se abre una mayor oportunidad para las casas editoras, a quienes esa masividad conviene, porque pueden pescar obras extraordinarias mucho más fácilmente que antes. La probabilidad de que exista un genio literario desaprovechado llegará a rozar el cero.

El editor seguirá siendo tan útil como siempre y quizás tenga más trabajo que nunca, aunque muchos como freelance. Por mi parte ofreceré a los autores que lleguen a Alexandria Library con una obra que lo amerite, la oportunidad de editarla profesionalmente, y a todos, de eliminar los errores orto-tipográficos y otras faltas groseras. Los editores deben prepararse para este tipo de trabajo, se me ocurre que muchas veces más ligero que el que realizado en las editoriales tradicionales, con capital para invertir en ediciones costosas. Hacer el 80% del trabajo en el 20% del tiempo, como la ley de Pareto asegura que es posible. “Hágame todo lo que usted pueda por estos $250.00”. Ir a la masividad más que a la profundidad, excepto los casos que lo ameriten.

Estamos en una nueva época en que el hombre necesita ser mas adaptable a los cambios, no ya veloces, sino acelerados, con velocidad creciente. No solo la industria editorial, sino prácticamente todo lo que sea crear , procesar y distribuir información, pasa por un momento en que tenemos que inventar el palo necesario donde agarrarnos para flotar. Convertirnos en lo que el amigo Angel Velázquez Callejas llama “el hombre fitness”. O perecer.